jueves, 1 de agosto de 2013

Yo soy anglosajón, ¿Y tú?

Nunca olvidaré hace ya bastantes años, el día que me encontré con un mosquito enorme pegado al queso de mi pizza y el camarero me contesto: “es normal en verano”. Le costó una hoja de reclamaciones.

Esta semana no tenía muy claro si escribiría un nuevo post, pues me he empezado a escribir un ebook.

Además, he tenido el placer de comer con @Florent_Santos,  y coincidimos ambos que agosto era un mes de pocas visitas a los blog.

Pero como siempre me suele pasar, algún acontecimiento de mi vida diaria, dispara mi estado Kaizen, y aquí me encuentro, escribiendo una nueva entrada.

Como me decía Florent, tengo una especial predilección por el tema de clientes, debe ser porque son la esencia y el motivo de la existencia de las empresas.

Y de los productos, claro. Cualquier producto, o idea que consideres genial, hasta que el mercado no te da el Sí, no vale gran cosa.

Todos somos clientes y a la vez vendedores. Es una dualidad permanente, desde la cual me es más fácil entender el comportamiento del consumidor.

A veces hablamos de este como si fuera algo ajeno, cuando realmente nos estamos nombrando a nosotros mismos. Al igual pasa con los vendedores.

Pero dentro de lo que es el cliente en sí, estarás conmigo que hay muchos tipos diferentes.

Yo soy anglosajón.

Al menos, eso me han dicho en diversas ocasiones cuando hablo de estos temas con directores de empresas que han trabajado en EEUU o Inglaterra.

¿Y que es ser un cliente anglosajón? Pues alguien que exige por lo que paga. Es una definición sencilla. Lo que pasa que además, no sé por qué motivo, entro dentro de la descripción de cliente fiel, así que me dedico a mandar email a todas las empresas con las que tengo alguna “desavenencia”

Así que cuando salgo de compras o de restaurantes, sobre todo esto, con mis amigos o familiares, siempre alguno de ellos suele comentar: “si supieran los camareros quien eres”.

Un cliente anglosajón, ni más ni menos.

Tiene sus ventajas, porque como con cubiertos limpios, sin restos de comida de otros, mis vasos están impolutos, los manteles limpios, … creo que ya sabes de qué te hablo, ¿cierto?
Y esto me viene desde muy joven, así que creo que debe ser algo genético.

Nunca olvidaré hace ya bastantes años, el día que me encontré con un mosquito enorme pegado al queso de mi pizza y el camarero me contesto: “es normal en verano”. Le costó una hoja de reclamaciones.

Tan difícil no es enfocarse al cliente, ni hacerle sentir, cuando menos cómodo, para lo del deleite hace falta algo más de entrenamiento.

Piensa en cómo te gustaría a ti que te trataran, y multiplícalo por una cuantas veces. Así no fallas seguro.

No me atrevería a hacer una clasificación de tipos de clientes, ni nada por el estilo, pero sí que soy capaz de identificar tres grandes grupos, como mínimo:

-       El que se queja por todo y sin motivo. “Yo soy el cliente”. Si pero no pidas peras al olmo, aunque seas el cliente. Estos se aprendieron muy bien aquello de que el cliente siempre lleva la razón.

-       El que le viene todo bien, yo lo llamo él “es normal”. Todo es normal, vasos sucios, mala atención, que las cajeras hablen entre ellas y no te atiendan, etc…

-       Y el anglosajón. Exige por lo que paga, pero sabe cómo, cuándo y a quien.

Nunca he montado un espectáculo, ni he dado un grito, posiblemente te haya avisado de lo mal que lo estás haciendo y de que era mejor deponer esa actitud y llegar a un  acuerdo.

Y si no, te habrás encontrado en tu bandeja de entrada (o tu superior) un agradable email mío, muy Kaizen. Vamos, explicándote por que tu negocio tenía un tumor y tú sin enterarte. O en tu muro de Facebook, aunque eso casi lo dejo como última opción.

Y te contaré un secreto, ¡funcionan de maravilla!

En mi mundo ideal, que es aquello como lo de la competencia perfecta que se explica en economía, todos deberíamos de ser clientes tipo anglosajón, porque si te tratan mal en un sitio y te conformas, lo das por bueno, o te vas sin explicarlo, no le haces ningún favor a esa empresa.

No siempre se hace intencionadamente. Yo suelo pedir explicaciones antes de no volver a pisar nunca más un sitio.

Pero si me contestan como esta mañana:”hay más trabajo que barcos”, es posible que te cierres una puerta, y bien grande. Porque eso sí, muchas risas con los amigos y familiares, pero los clientes anglosajones, también somos el referente para ellos.


Y cuando cerramos una puerta, normalmente son otros muchos los que tampoco pasarán por ella.